La RAE dice que sexo y género es lo mismo, y reivindica con bastante rotundidad el monopolio sobre dicha palabra, incluso con bastante agresividad, enfado y visceralidad por parte de alguno de sus miembros. Género y sexo no son lo mismo, siguiendo la lógica de que significados diferentes deberían tener diferentes significantes, o si no cualquier discurso -especialmente en el ámbito científico- se vuelve imposible. Y, puesto que los miembros de la RAE no son tontos, ni precisamente incultos, saben todo esto. ¿Por qué se oponen de esa forma a un uso de la palabra ‘género’ que, aparte de coherente, está ampliamente extendido?
De acuerdo con los comentarios lingüísticos y aclaraciones de dudas sobre el uso de la lengua española, elaborado por la Fundéu, “Con motivo de la Conferencia Mundial de Pekín sobre la Mujer, celebrada en 1995, el departamento de traductores de la ONU tradujo la voz inglesa ‘gender’ como ’sexo’. Posteriormente se rehicieron los documentos y se aclaró la diferencia entre ’sexo’ y ‘género’. Sexo describiría las diferencias biológicas entre hombres y mujeres y género se emplearía para describir el distinto comportamiento de hombres y mujeres en la sociedad según las distintas condiciones en que se mueven: educación, familia, cultura, etc.”. Añade que “Esta diferenciación se considera un ‘logro por parte de las feministas’ que consideran que hablar de sexo es limitarse a las diferencias biológicas y dejar de lado la cuestión social”. Esto nos puede dar una pista de por qué esa oposición tan visceral por parte de la RAE -organismo formado en su inmensa mayoría por hombres, alguno de ellos abiertamente hostiles a las mujeres- a aceptar esta distinción de términos.
El concepto de género -que no se introduce en España como consecuencia de la Conferencia de Pekín, sino mucho antes- identifica una construcción simbólica que alude al conjunto de atributos socioculturales asignados a las personas a partir del sexo y que convierten la diferencia sexual en desigualdad social. La diferencia de género no es un rasgo biológico, sino una construcción mental y sociocultural que se ha elaborado históricamente. Por lo tanto, género no es equivalente a sexo: el primero se refiere a una categoría sociológica y el segundo a una categoría biológica.
Las palabras se inventan o se adoptan porque representan nuevos conceptos, objetos o acciones. Si al incorporar el concepto, se incorpora la palabra, al negar el término “género” la RAE niega el concepto. ¿A qué tanta diligencia de la Academia en negar esta acepción al término “género” cuando continuamente da el visto bueno a otras evoluciones de la lengua? La Real Academia se posiciona por tanto política y socialmente, en lugar de quedarse en el plano meramente lingüístico e ideológicamente aséptico en el que debería permanecer como organismo regulador de la lengua.
El género es una categoría de análisis en sociología y antropología que denota un conjunto de normas y convenciones sociales del comportamiento sexual de las personas. Incluso el Diccionario Panhispánico de Dudas afirma que “Dentro del ámbito específico de los estudios sociológicos, esta distinción puede resultar útil e, incluso, necesaria”, aunque apunta que “Es inadmisible, sin embargo, el empleo de la palabra género sin este sentido técnico preciso, como mero sinónimo de sexo”. Reconozco que esta postura tiene sentido: no se permite usarlo como sinónimo de “sexo”, pero sí cuando se utiliza con la acepción indicada: “mientras con la voz sexo se designa una categoría meramente orgánica, biológica, con el término género se alude a una categoría sociocultural que implica diferencias o desigualdades de índole social, económica, política, laboral, etc”.
Tal vez, desde un punto de vista puramente lingüístico, la RAE podría querer preferir otro término para designar el inglés “gender”. Una opción podría ser, tal vez, “identidad sexual“, aunque en realidad la misión de la Real Academia no es, a mi entender, imponer la lengua, sino normalizar y documentar los usos que se hacen de la misma. Y el término “género” está bastante impuesto ya, tanto en la literatura científica, como en el lenguaje popular.
